Los berrinches de nuestros hijos: ¿debemos evitarlos?

Corto y claro: deberíamos evitar los malos momentos de nuestros hijos porque los amamos y queremos que sean felices ahora y en cualquier momento futuro. ¿O acaso no evitaríamos las lágrimas de nuestra pareja si pudiéramos? ¿No intentaríamos nosotros mismos pasar momentos felices en lugar de vivir con angustia, bronca, llantos?

“Berrinche” es una palabra confusa, se ha utilizado con desprecio o vaguedad con respecto a los niños para nombrar estados de ánimos diferentes, no merece la pena emplearla, a mi juicio, prefiero hablar de angustias, ira, llanto, descontrol emocional, tristeza, miedo.

Es decir que, ante la curiosa duda que tenemos los padres y madres en la actualidad sobre el descontrol emocional que viven nuestras hijas e hijos pequeños, sobre esas crisis de angustia, existe un fundamento crucial para intentar evitarlas que es aquel del amor, tan simple como suena, basado en la empatía, en el ponerse en lugar del otro. Pero si no fuera suficiente con ese argumento -el hecho de amar a nuestros hijos-, me parece evidente lo que dicen estudios científicos sobre sus efectos físicos negativos. O sea que básicamente el motivo para evitar un llanto prolongado en los bebés y en los niños pequeños tiene que ver con el amor maternal y el rechazo a hacerles daño.

De la teoría a la práctica, esto significa muchas veces tener que ser flexible y comprensivo, paciente, sacrificar placeres cotidianos, deseos personales, ser altruista, cultivar un carácter que nos permita ser amable, optimista y firme al mismo tiempo para soportar las presiones sociales y re-criarnos cuestionando el autoritarismo con el que fuimos educados nosotros mismos.

Los niños se angustian por muchos motivos, las frustraciones de su corta vida son diarias, por ejemplo: no poder saltar más alto, no poder volar (por ridículo que suene esto para un adulto), no saber leer, no entender todo lo que los adultos dicen, celos de una hermanita recién nacida, falta de compresión de los adultos, no poder jugar más con una amiga, o sentimientos tan básicos como el hambre, cansancio, sueño, pequeños o grandes dolores, etc. Durante el día, las frustraciones se van sumando y en un momento están al borde de explotar. ¿Debemos dejar que este desborde emocional ocurra, si la solución está al alcance de la mano?

Claro que los adultos podemos hacer cosas para que sus días sean menos frustrantes y que los miedos, tristezas, angustias o broncas no se sumen en esa bola de nieve emocional que termina en una avalancha de lágrimas, para que no existan dramas artificiales creados por nuestra negligencia o ignorancia: en un primer lugar, podemos aprender a ceder y a ser flexibles, les estaremos enseñando una valiosa virtud en un mundo defectuosamente rígido.

No quiero ser tan teórico, entonces pondré algunos ejemplos para graficar a qué me refiero con aprender a ser flexibles y ceder.

Supongamos que afuera la temperatura es de 17º C y nuestra hija quiere salir a pasear por la vereda en remera de mangas cortas… pensaremos que podría pescar un resfrío, pero ella no entiende, o no quiere entender que afuera la temperatura es menor que en el casa (23ºC), y quiere salir así… se angustia, le da bronca, va hacia la puerta de calle y grita que quiere salir en remera de manga corta. La madre tiene miedo, le dice que es mejor ponerse una remera más abrigada, o una campera, toma una y se la pone por la fuerza, la nena grita, llora, se enoja más y termina gritando con furia: el desborde ocurre… la madre la consuela, le explica con razonamientos lo que ella opina, la hija se va calmando.

Esta escena, que parecería normal y justificable para el mundo adulto -“la madre lo hizo bien, pensarán muchos”-, no es en mi opinión lo deseable.

El problema que veo allí es que la madre no respetó los tiempos de conocimiento y consciencia de su hija: si hubiera cedido y permitido salir a su hija afuera, aunque sea uno segundos, seguramente la niña, sintiendo la incomodidad del frío, hubiera vuelto al hogar para ponerse una campera o una remera más abrigada, con lo cual el beneficio era múltiple: no angustiarse en vano, protegerse del frío concretamente y aprender el hecho de abrigarse según la temperatura exterior.

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