la vulgaridad de las certezas

Pocos días atrás alguien me hizo ver, inesperadamente, que no era raro tener dudas, que más difícil era tener certezas. Entonces, como sin querer, debí reconocer mi debilidad.

Pienso que esto es verdad: fui descubriendo lentamente lo desagradable que es, a veces, aquella actitud de proponer certezas a todo el mundo, abiertamente… y cómo el tiempo destruye las verdades dejando en ridículo casi todo parecer humano.

Comencé estos escritos en Internet en 2008, siete años atrás y, si bien he tocado temas que en mi vida han sido cruciales, tales como el software libre, los planeadores de madera balsa, el amor y la naturaleza, siento aún que no he volcado mis dudas más profundas, o mis certezas más útiles… y aún lo haría si fuera vulgar brindar conceptos con inocente seguridad.

Estaría de acuerdo con Thoreau acerca de que una persona sólo puede escribir sobre sí misma, por más desagradable que pueda sonar, quizá este egocentrismo pueda ser humilde.

Necesito dejar para mis hijas y para cualquier persona curiosa que en el futuro quiera saber sobre mí, algún rastro en la red: me ocuparé de esto durante el tiempo que viene.

Si mis hijas quisieran estar cerca mío en unas décadas (no es una certeza, aún cuando por lo general los hijos quisiéramos que nuestros padres y madres jamás dejen este mundo), cuando mi presencia material fuera ya imposible y la naturaleza hubiera dicho su última palabra sobre mí, les diría que leyeran algún escrito de su padre.

Si en algún lado está el alma de un hombre o mujer, es en sus letras. Si he de creer en la existencia del espíritu, no encuentro mejor reflejo que el arte, y dentro de este, la escritura. Los humanos somos esencialmente lenguaje. No podré transmitir la calidez de una caricia, un abrazo o un beso, tampoco la seguridad de estar cerca, pero la lógica de mi mente, mi alma, mi cerebro y/o mi espíritu se encuentra casi intacta en estas letras.

Quizá el principal valor humano que debamos cultivar sea el coraje: es la actitud que nos permite revolucionarnos interna y externamente. Sin coraje, difícilmente pudiéramos mantener la “firmeza de carácter” de la cual hablaban Nietzche y Camus:

Este mundo está envenenado de desgracias en las que parece complacerse. Está enteramente librado a ese mal que Nietzsche llamaba espíritu de torpeza. No colaboremos con nuestra ayuda. Es vano llorar por el espíritu; basta con trabajar por él. Pero, ¿dónde están las virtudes conquistadoras del espíritu?. El propio Nietzsche las ha enumerado y caracterizado como enemigos mortales del espíritu de torpeza, Para él son la firmeza de carácter, el gusto, el “mundo”, la clásica felicidad, la dura altivez, la fría frugalidad del sabio. Hoy más que nunca son necesarias estas virtudes y cada cual puede escoger aquella que más le convenga a su naturaleza. Frente a la enormidad de la partida en que nos hallamos empeñados no olvidemos en todo caso la firmeza de carácter. No me refiero a aquélla que en los estrados electorales acompaña el fruncimiento de cejas y a las amenazas, sino a aquella que resiste a todos los vientos del mar en virtud de su blancura y de su savia. Ella es la que en el invierno del mundo prepara el fruto”. (Camus, Albert. “El Verano”/ “Bodas”. Buenos Aires. Sur (Índice). 1970. –)

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