Hermandad de la Rosa Blanca (médicos alemanes que se opusieron al genocidio)

Hace un par de días ví este mail:

“Re: [Solar-general] [OT] leon sin diente come galletita mojada
De: Mario Tomasini
To: La lista de todos y todas en solar
Fecha: Ayer 00:52:03

No pude seguir el hilo, pero vi el comentario del artículo… lo que me
lleva a recordar la historia de la Hermandad de la Rosa Blanca (médicos
alemanes que se opusieron al genocidio). Si les interesa el tema, fuera del
hilo, y por correo particular, puedo enviarles lo que escribí al respecto.
Saludos. Mario”

Luego le pedí a Mario que me pasara tal texto, aquí se encuentra (con permiso del autor [***]):

De Hipócrates a la Rosa Blanca.

1) Brevísima introducción, donde se hace referencia a la condición especial del autor.

Hace algunos años, escribí acerca de las fronteras, y los distintos límites impuestos o aceptados por propias o ajenas voluntades. El trabajo versaba sobre pueblos y personas, llevados por una fuerza excluyente, hacia las “marcas”(1) y lo desconocido. Porque a poco de ubicarse en tan desventajosa posición, se caía en el riesgo de pasar al otro lado, formar parte de una cultura diferente, o simplemente, desaparecer.
Por vivir en una zona geográfica apartada de las fuerzas centrífugas que concentran personas y recursos en provincias “privilegiadas”; al borde de un país ajeno; y en una situación personal de limitaciones motrices, debí asumir una condición particular. Desde esa condición, y ante la limitada capacidad de obtener información actualizada, dióseme por leer los textos de medicina que encontraba a mi alcance. De ellos fui entresacando algunos conceptos que, dado que no podía utilizar en tratamiento alguno, apliqué a la redacción de un nuevo texto; aunque sin rigor científico, ya que el comentario se hubiera extendido más allá de la capacidad de lectura; si no simplemente como una guía para proyectar ideas.

2) Donde se presentan algunas disquisiciones acerca de las razas y los orígenes de cada quien; y se describen las características y la terapéutica de una extraña enfermedad.

Para comenzar, debí remitirme a los orígenes. Sin necesidad de llegar a los antepasados pitécidos, a los que retornaremos más adelante por diferentes motivos, comencé a seguir el rastro a los ancestros, españoles, italianos, y tantos más.
Parece ser que próceres argentinos(2) coincidían en atribuir atributos especiales a los pueblos anglosajones, en detrimento de quienes vivían en países mojados por el Mediterráneo; con unos científicos y filósofos americanos y europeos que diseñaron sistemas de medición de las humanas capacidades. Desde una mayor capacidad craneana, a cerebros más desarrollados; cuerpos más fuertes y mayor capacidad de trabajo.
Tenían entre otros antecedentes válidos para sostener esta postura, los casos demostrados de una terrible enfermedad que asolaba a las poblaciones “de color”. Remitiéndonos a los antecedente médicos de la misma, parece ser que quienes disponían de vidas y servicios de negros esclavos, comprobaban al poco tiempo que éstos solían padecer de un mal, que los impelía a escapar; antecedente quizás para algunos de las fugas epilépticas. No sólo ello, sino que disminuía su rendimiento con una pasmosa lentitud e indiferencia hacia el trabajo, de donde tal vez provenga nuestro término “negro vago”. Consultados los especialistas, no tardaron en advertir que el mal se debía a un problema circulatorio periférico, de simple tratamiento: bastaba con friccionar abundantemente al enfermo con grasa, y activar luego la circulación de su piel mediante golpes reiterados, con una buena lonja de cuero. Una vez cumplido este proceso, convenía mantenerlo trabajando en el campo, al sol, ya que por las características de su piel, esto era lo más indicado para mantener el efecto terapéutico por mayor número de horas. El tratamiento parece haber sido eficaz, no obstante requerir en muchos casos de una dosificación periódica y reiterada; ya que bien aplicado mejoraba notablemente los síntomas.
De todas maneras, ante la posible invasión migratoria de enfermos e infelices, se establecieron sólidas pautas para determinar que quien llegara al Nuevo Mundo fuera sano y apto. E inventáronse entonces tests psicométricos; basados en su mayoría en la comprensión de detalles muy simples. Por ejemplo, lindo y feo, agradable o desagradable. Por el criterio de evaluación, linda es una señora rubia alta y de ojos azules; fea es una morochita bajita, de rasgos bellos para cualquier aborigen americano. Resultado predecible. Al que se sumaba el criterio para determinar raza y origen. Según documentación de 1912, genética absolutamente aparte, las razas se clasifican por el grosor del cabello y por la forma de la nariz. Ruego mantener presente este dato, que será reconsiderado poco más adelante.
Puede uno imaginarse en consecuencia, que hace aquí, nacido de inmigrantes en Sudamérica, que a pesar de las voluntades políticas, no contaba con el recurso de un sistema apropiado de psicometristas. Acá llegamos, y lo que se aplicaba a personas, se pudo aplicar libremente a países.

3) Donde se plantea el origen de alguna ley un tanto peligrosa.

Resulta simple pensar que si paramos la migración, lo que nos queda adentro va a ser bueno. Pero los descubridores del método habían llegado tarde. Nadie pudo prever que en los galeones de los conquistadores se infiltrara la chusma, que engendró después tanto enfermo, deficiente, delincuente, en fin, desecho humano sin valor, que ponía en peligro al resto de la sociedad. Por eso, en 19 estados de los Estados Unidos de América, el buen criterio de los legisladores creó leyes de eugenesia y eutanasia. Esterilización de los deficientes – tanto congénitos como por problemas adquiridos- y también, por qué no, la posibilidad de terminar con los supuestos sufrimientos. Lamentablemente, quienes inventaron estas leyes, no tuvieron en cuenta un dejo burocrático que traería curiosas consecuencias.
Por un lado, la burocracia francesa, impidió, por simple trámite administrativo, que un doctor Brandt, acompañara al conocido e inofensivo Schweitzer a curar negros al Africa. En consecuencia, se catapultaron dos destinos: uno al Nobel, y otro a Nuremberg. El Dr. Brandt, obligado a permanecer en Alemania, organizó la medicina del régimen Nazi. No puede decirse de él que estuviera mal orientado, ni que lo animaran pasiones destructivas. Pero dejó hacer. Y la burocracia médica se sumó a la estatal; y todo el conjunto se encontró de pronto con una realidad que no podía discutir. Se acuerdan de los pitécidos y Darwin? Para explicar la evolución, se pretendió demostrar que las razas actuales tenían más o menos componentes degenerativos, según se aproximaran a la idea que se tenía de los viejos pitecántropos. Y lo del pelo y la nariz? Bastaba entonces estimar las características pilosas, y las nasales, para atribuir a ciertas personas la degeneración en mayor o menor grado. Y si los primos de América autorizaban a esterilizar o facilitar el paso a la no-existencia de los idiotas, degenerados y delincuentes, por algo debía ser. Con más el agregado de la eficiencia alemana, y de una organización estricta, y de paso, en medio de un conflicto bélico. Así desaparecieron, por diferentes, algunos millones de personas, que no alcanzaban los parámetros para ser considerados humanos, por la ciencia, los evolucionistas, los preclaros políticos, y por que no también, por nuestros ilustres maestros.

4) Donde se menciona el origen de la así llamada Hermandad de la Rosa Blanca.

“ En la década del 40, dos jóvenes estudiantes de medicina, Hans y su hermana, se sintieron molestos por algunas prácticas que realizaban en la Alemania Nazi, algunos médicos, bajo el pretexto de la investigación científica. Comenzaron a comunicarse por correspondencia con médicos y estudiantes de distintas partes del mundo, y por supuesto, de su propio país. Y descubrieron que lo que para ellos era sadismo encubierto, ocurría en casi todas partes.
Ni qué hablar de formación científica… Es sabido que se tardaron 14 siglos para demostrar que muchas de las enseñanzas de Galeno eran un fraude, pero que sin embargo formaban parte de la práctica médica habitual. Mientras la enseñanza de técnicas terapéuticas dependía de la relación entre un maestro y su discípulo, el aprendizaje requería de una práctica, y por lo tanto, aún cuando tuviera defectos metodológicos, requería al menos de la experimentación. El comienzo de las Universidades constituyó la oportunidad para establecer una autoridad, que dictaminaba los procedimientos correctos… basándose muchas veces en dichos de Galeno, y por que no, de Aristóteles. En síntesis, a veces ni siquiera conocían el cuerpo humano real, que tenían por delante.
Muchas expresiones de índole filosófica, fueron trasladadas textualmente; tal como el principio de la circulación de la sangre, supuesta como un gas azul, que si por accidente se salía de sus canales venosos se transformaba al contacto con el aire en líquido rojo, oxidado. Trabajos interesantes, que podrían haber servido como base para demostrar equilibrios iónicos, transmisión sináptica, y otras tantas cosas, fueron descriptos con símbolos de significados no unívocos. Y en consecuencia, quienes tuvieron acceso a esa información, la aplicaron de manera generalmente peligrosa. Es de recordar, por ejemplo, que los símbolos astrológicos y alquímicos pueden referirse a elementos químicos, pero también a glándulas de secreción interna, a plexos nerviosos, y a tantas otras cosas, que si quien los utiliza no aclara a qué nivel de complejidad de materia se refiere, podría por ejemplo producir intoxicaciones masivas, como ocurrió con el plomo y el mercurio.
La guerra fue maestra de cirujanos: nunca hubo tanto herido, amputado; nunca sobró tanto material de trabajo; ni se posibilitó mejor probar herramientas para trabajar sobre madera o metales, adaptándolas a la frágil contextura humana.
Pues bien, los dos hermanos decidieron que la guerra no era un justificativo, como no lo era engendrar dolencias como resultado de tratamientos. No inventaron el término “iatrogenia”, pero intentaron redefinirlo. La guerra afectaba las comunicaciones, y pronto se hicieron sospechosos, al enviar y recibir correspondencia a y de personas de países enemigos. Por ello, resolvieron entrar en la clandestinidad, como tantos jóvenes después, imbuidos de nobles ideales, aún cuando la práctica demostrara lo contrario. Dieron en llamarse “la hermandad de la Rosa Blanca”. Y el nombre y el emblema circularon, convirtiéndose en un antídoto contra la cruz de movimiento invertido.
Los fundadores perdieron la cabeza. Literalmente, si, pues fueron decapitados.
Pero el nombre y el símbolo ya circulaban por el mundo, recordando a los médicos un mensaje bíblico: no es posible curar, al menos para siempre. Se pueden limitar acciones de agentes dañinos; se pueden estimular defensas; remover tejidos enfermos o implantar otros en reemplazo, pero hasta cierto punto. La vida se sustenta en la realidad de la muerte. Limitada la omnipotencia, queda lo único rescatable: la existencia de quienes necesitan asistencia, y la posibilidad de actuar para brindarles la ayuda más adecuada, no para el médico, ni para el Estado, ni para la Sociedad, sino para el paciente.”

5) Donde se le permite a un personaje de ficción, manifestarse por cuenta propia.

“- Es posible que treinta años atrás hubiera escrito acerca de alienados, y su locura me permitiría incluir comentarios e ideas particulares, empleando el recurso para justificar algunas expresiones tanto como mi propia condición de ajeno a esa irrealidad, aunque tocado por ella.
Veinte años de práctica de una infame profesión me han endurecido suficiente como para incorporar la irrealidad de lo vivido y la extrañeza de lo cotidiano, en una especie de sopa de ideas.
Comprendo que quienes se mueven en los círculos internos no sufren estas contradicciones; aún cuando no sé realmente si las han superado. Tuve ocasionalmente acceso a alguno de estos círculos; acceso que perdí por no entender a tiempo lo que estaba ocurriendo. Aunque mejor debería decir, por entenderlo a destiempo. Comparto desde entonces con otros la vida periférica, señalado por un atributo trágico que muchas veces traté de ocultar.
Después de mucho tiempo de entrenamiento, con un rígido condicionamiento, fui preparado para trabajar en el tamiz social de la supervivencia. Con la experiencia adquirida, se me brindó la posibilidad de detectar con bastante precisión las primeras señales del deterioro o de la deficiencia original de cada uno, apenas se manifestaran. Eso permite al iniciado en la práctica realizar los cálculos necesarios que hacen a la utilidad – rendimiento de cada uno; costo de asistencia que pudiera requerir; plan y pronóstico. No es demasiado simple, porque interactúan variables relacionadas también con el origen particular de cada uno, relaciones y escalas de valor; mutables de año en año según se modifican tendencias en las áreas de decisión.
Aunque allí termina mi trabajo, el resultado del mismo afecta el futuro probable de aquel a quien evalúo en cada caso. Es simplemente la posibilidad de continuar viviendo, o la irremediable condición de quien debe dejar de ser, al menos en este contexto. Como un juez, sin autoridad, de la vida y de la muerte; como un juez atado a leyes que conoce y no comparte; que dispone en cada caso quién tendrá la alternativa de ser asistido para seguir viviendo.
En un mundo que se ha vuelto irreal para mí, el trabajo continúa sin brindarme la alternativa de alegar locura o insania.”

6) Donde se debe abrir un pequeño paréntesis, para posibilitar la introducción de algunos personajes, a fin de no herir susceptibilidades ante la posibilidad que ciertos acontecimientos pudieran ocurrirle a cualquiera.

“Eduardo, inofensivo estudiante, dejó artes plásticas como carrera, y se dedicó a trabajar en una pieza que había rescatado en la casa, porque tenía mucha luz, porque quedaba lejos de todo, y porque había conseguido que le dieran una llave de la puerta, que desde el patio de atrás, permitía el paso a un baldío, reservado por la familia para una construcción futura y más allá, al portón de rejas en el muro ancho como el de un castillo.
Al principio, trasladó la luz que había capturado, a las paredes, en un mural que le llevó casi un año. Después, como salía poco, comía menos, y fumaba demasiado, se le oscurecieron las ideas. Lo ayudaron algunos conocidos, facilitándole yerba de la que se toma, y de la que se fuma, aunque en la soledad, sentado en el piso con las piernas cruzadas, no necesitaba mucho más para ver cosas que si estaban ahí, los escasos miembros de su familia que se asomaron por los vidrios de la puerta – las ventanas estaban tal altas como claraboyas – no alcanzaron a percibir.
Ella tenía una copia de la llave del portón, porque la familia no la veía con buenos ojos, porque trabajaba, y vivía sola; aún cuando no le faltara periódica compañía. Tampoco era aceptable el domicilio, más allá de la avenida, sobre una calle secundaria. Eduardo solía visitarla, y llevarle de regalo alguna de las tablillas grabadas, su trabajo nocturno. Porque en la oscuridad, cuando ya no podía pintar, sus dedos reconocían las rugosidades de la madera, y con una hojita filosa daba forma a ángeles y demonios. Y cuando escaseaban sus visitas, ella iba a verlo, preparada con una canasta donde llevaba toallas y jabón, tijeras y cremas. Lo desprendía de las paredes, donde círculo a círculo aparecía el infernal recorrido del Dante, y lo ayudaba a bañarse, en la bañadera enlozada con patas de grifones. Le cortaba el pelo hasta niveles tolerables para la visión, mientras él esperaba que se le secara el cuerpo envuelto en toallones, sentado en la única silla; lo pulía y acicalaba. Una vez quiso afeitarlo, pero al ver las nuevas facciones demacradas, no repitió la experiencia, cuando volvió a crecer la barba.”
“Estela nunca quería hablar con Juan Carlos del tío que vivía en la pieza del fondo, en la Casa de Calle Mendoza. Incluso cuando salía la conversación, decía solamente – Ah, sí, el viejo Eduardo -. Y no satisfacía ninguna curiosidad, al no explicar nunca de dónde había aparecido en tal casa, tal ejemplar de níveos cabellos que dejaban ver solo parcialmente algo de mejillas descarnadas y nariz recta. Vestido siempre al descuido, imperdonable en un jardinero. Sin uniforme, como el tío Manuel, en la carpintería de la planta baja, con su overol impecable, trabajando a mano la madera de árboles tres veces más jóvenes que él. Sin ocupaciones, como los padres de Estela, y ella misma, siempre en actividad. Visitado solamente por dos personas, María la doméstica, y la anciana Genívera. Conversando consigo mismo, mientras alimentaba a la bataraza y a las tres leghorn que criaba en un rincón del patio, cerca de la puerta clausurada del fondo. Hubiera hecho un buen hippie, con una guitarra y algunos collares. O una especie de profeta. Cuando una vez lo visitó la señorita Ariadna – excepcional circunstancia en la que coincidieron en encontrarse allí Juan Carlos, con la excusa de consultar unos libros, y la visitante – María recogió los cabellos atándolos en una coleta blanca, y descubrió la frente alta con una marca en su centro, como la que puede verse en algunos en retratos hindúes.
Al comentar en su propia casa, con evasivas, la madre se refirió al hecho sabido que en toda casa de gente importante, hay un opa, que se cuida y se protege; y que también se aísla, manteniéndolo en alguna habitación retirada, salvo para las Navidades o aniversarios importantes, en que se lo peina y acicala, y se lo deja llegar hasta la mesa del comedor, donde se lo sienta acorralado entre dos primos fuertes, que se ocupan de evitar que vuelque el agua, o se lastime con la cuchara; o que abandone la reunión antes de tiempo…”

7) Donde se retoma la exposición del personaje, que ahora puede contar con un referente para su explicación, el cual, por ser diferente, afortunadamente lo convierte en propicio, y permite por lo tanto excluir a los demás.

“- Recibí a Eduardo, cuando ingresó después de su encuentro en el jardín de los helechos. Lo trajeron a la sala de tratamiento, manos y pies atados a la camilla. No se disponía de un gran arsenal de psicofármacos en esa época, y cuando una persona sostenía ver cosas que otros no veían, se contaba con el recurso de un tratamiento relativamente rápido que efectivamente producía olvido y traía calma a las mentes febriles.
– Hoy quizás hubiera sido menos aparatoso: una inyección endovenosa a la que sigue un sueño profundo y una relajación generalizada, casi hasta que los músculos respiratorios se detienen. Después, y por un instante, la descarga eléctrica, casi sin manifestación en el cuerpo anestesiado; la parálisis completa, la cianosis que se instala en esa persona olvidada de sí misma, que ya no se recuerda ni siquiera para funciones tan elementales como permitir que el aire ingrese a los pulmones. Una asistencia mínima, insuflando oxígeno, hasta que cede el efecto anestésico, pero por persistir la desorganización que indujo el shock eléctrico, un sueño que persiste en la semivigilia de la sala, hasta que se repita la sesión tantas veces como sea necesario para que desaparezca esa particular noción de ser que hace al sujeto enemigo potencial de sí mismo.
– Pero en aquella época, por lo menos donde nos encontrábamos, el método no era tan delicado. La persona no podía colaborar, en parte por su estado, en parte por la falta de sedantes previos; y también por prever el efecto que le iba producir la introducción en su cuerpo del tóxico no letal(3)
. Un par de segundos después de la inyección endovenosa, le sobrevino un acceso de tos, y comenzó a palidecer, y luego a entornar los párpados con expresión de temor. Su organismo presentía la descompensación que le provocó poco después convulsiones, que agitaron sus brazos, y contrajeron toda la musculatura de su cara en máscaras cambiantes; mientras los movimientos convulsivos se extendían en forma irregular, al resto de su cuerpo. Aproximadamente en quince segundos, todo el cuerpo se le puso rígido, la cabeza echada hacia atrás, y la columna arqueada. Giró los ojos, como si viera cosas en movimiento, cerró los puños y estiró los brazos rígidos. Dobló las rodillas, y después se apoyó firmemente con los talones sobre la camilla, arqueando todo el cuerpo hasta que parecía que podría quebrarse, para aflojarse de pronto, las rodillas apretadas. Intentó mover los pies, como pedaleando, pero las correas se lo impidieron. Medio minuto después, repetía las convulsiones, que comenzaron ahora por las manos, retorciendo los dedos, y extendiéndose desde allí, a todo el resto del cuerpo, rápidas, bruscas, hasta que como si hubiera agotado sus fuerzas, se hicieron lentas y majestuosas. Luego pareció relajarse, mientras presentaba erección, y eyaculación, como si fuera preso de una tardía pasión amorosa. Pero de inmediato perdió el control de los esfínteres, y volvió a ser un niño pequeño, indefenso, pero atado, sobre la camilla. Su cara se puso morada, durante todo el tiempo había contenido la respiración, y recién ahora, volvía a respirar, inconsciente, dormido. Aproximadamente un minuto después comenzó a mostrarse intranquilo, pero tardó todavía varios minutos en reconocer que se le hablaba, y varias horas antes de despertar. Y al despertar, sólo recordaba la inyección y el miedo.
– El miedo se repitió sistemáticamente día por medio durante la primer semana, cada vez que era traído para repetir el tratamiento. Después, se espació un poco, porque esperábamos una respuesta. Pero si antes hablaba del infierno, ahora se sentía sepultado en el abismo. El director indicó un procedimiento más efectivo, para evitar su padecimiento. Fue traído a la guardia, y sentado en un sillón. Se sujetó firmemente su cabeza, y el médico que hacía el tratamiento me indicó cómo trepanar el cráneo, un poco más arriba de la nariz, y después introducir un trócar, una de esas agujas gruesas, dentro de la cual había dispuesto un alambrecito doblado. Cuando la aguja estaba firmemente insertada en el cerebro de Eduardo, presionó los dos cabos del alambre, tenso, que por la boca de la aguja formaron un rulo redondo, que no se veía, pero que ya había cortado tejido nervioso al expandirse. Y después, me mostró cómo debía girarse, como un pequeño batidor de alambre, destruyendo células irreparables, tronchando vías de asociación, que nunca más conducirían ideas(4)
.
Eduardo estaba muy tranquilo, y hasta lo dejaron regresar a su casa. Pero yo nunca pude recuperarme del todo. Ahora me entendés, porqué te dije una vez que la mía era una infame profesión?”

8) Y sin embargo, el Nobel.

Sin embargo, parece ser que la sociedad occidental, no ya la execrada Alemania, aceptó gozosa esta metodología. El Dr. Egaz Moniz, por su técnica de psicocirugía, recibió el premio Nobel de Medicina.
Puede sorprender a alguien ahora, que don Pinel cortara las cadenas de los locos en los asilos, para reemplazarlas por cadenas químicas, perfectamente legales? O es acaso que la droga lo es por no ser indicada por quien es sano, autoridad y sabio?.
La dipirona produce aplasias, igual que el cloramfenicol. Los tranquilizantes mayores producen con el tiempo deterioro irreversible de las funciones cerebrales. Hay quien se duerme con barbitúricos u otros hipnóticos, y se despierta con efedrina; cuando no se reemplaza la alegría y se cura la soledad con IMAO o tricíclicos.
Más notable aún puede resultar un comentario oído hace unos cuantos años, en ocasión de una de tantas campañas de vacunación. La popular gotita llena de virus vivos del Dr. Sabin, modifica de tal manera el entorno ecológico de los “bichos” que pululan en nuestro entorno, que llega a desatar a un pariente, el coxaquie, que en esas circunstancias provoca, oh gran casualidad, un cuadro neurológico de igual riesgo que la poliomielitis. Pero nosotros no sabemos nada de ingeniería genética, de guerra bacteriológica, de virus mutados, y en particular, de aquellos que por el azar de su distribución, afectan casi exclusivamente a los indios, a los campesinos descalzos, a los homosexuales o a los drogadictos. Hasta que nos toque andar en patas, un indio más entre los indios.
Una hormona formulada para uso como anticonceptivo oral, dejó de utilizarse años atrás por inducir el cáncer ginecológico no sólo en la mujer que la hubiera utilizado, sino también en su descendencia femenina, si por casualidad la hubiera. Dos generaciones afectadas parecían ser suficientes, pero no fue así. Esa misma hormona formó parte del método de engorde (Argentina 1983) de pollos de criadero. La hormona sobrevive al pollo, y si se alcanza la concentración necesaria, vuelta a tener dos generaciones de mujeres víctimas de enfermedades incurables.

9) Donde se retoma la peculiar circunstancia descripta en la introducción; se menciona un cuadrito y se hace referencia a viejos textos.

Tengo en casa un cuadrito con el juramento Hipocrático, juramento que hice hace unos veinticinco años. Cosas de la abuela, para quien esas palabras eran mucho más que un símbolo.
También quedan en mi biblioteca unos cuantos libros viejos, que algún médico amigo me obsequió mientras yo era estudiante, por si podían servirme.
Como yo a mi vez envié mis libros de texto a mis hijos, para que pudieran consultarlos en su carrera; me dediqué, dadas las circunstancias mencionadas en la introducción, a la lectura de los textos que quedaban en casa, como referí al principio.
Echando cada tanto una mirada a las palabras rectoras de mi profesión, me iba encontrando con la información que llevo resumida más adelante, y que en su momento fuera rectora del pensamiento médico, mientras las contradicciones se filtraban por todas partes amenazando lo que me quedaba de tranquilidad y orgullo profesional.
Y un rato antes de llegar a la situación de creer que yo también debo estar necesitando ya de ese sueño químico que aleje de mí toda idea inquietante y haga desaparecer el conflicto que hoy me aflige, recibí noticias de mi hijo informándome que mis preciosos libros eran obsoletos y ya no servían; o en otras palabras, que lo que de ciencia quedaba en mi profesión, eran palabras huecas, gastadas, penosas, ridículas, errores que en lugar de llevar la vida y la curación a la casa de mis enfermos, podían llevarles junto a mis mejores intenciones, el dolor y la muerte. Destrucción…

(1) Referencia a la usanza de la antigua Europa, donde se asignaba a los “Marqueses” la posesión de territorios apartados, al límite de la civilización.
(2)Referencia a un texto de D.F.Sarmiento, citado por Jauretche.
(3)Terapia convulsivante con pentametilentetrazol.
(4) La única indicación especial para la realización de esta técnica consistía en: si al insertar el trócar, viene líquido, está en el tercer ventrículo. Se debe retirar un poco la aguja. Según los autores del método, la totalidad de los pacientes podían ser devueltos a su entorno original, tranquilos y calmos, salvo algunas diferencias en su comportamiento y apetencias.

————-
[***] permiso del autor:

“Hola Marcos: te mando el texto que presenté en el 2000, en un Congreso, área
Bioética (en Rosario). Lo recuperé de un mail, en word. Ese texto dio lugar despues, a la novela
“Crónicas crueles…” Disponé de él para leerlo, borrarlo, copiarlo o difundirlo, según te parezca.
Saludos. Mario”

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