Pan y circo: el almacenero y su extraña obsesión

Debo admitir que no siempre me han caído bien los almaceneros, en todo caso la única persona que recuerdo me caía bien era Blanca, una mujer bastante práctica, cálida y amable que -si no me equivoco- pasados ya unos 17 años desde mis últimas visitas sigue aún atendiendo el mismo negocio a unas cuadras de lo que fue la casa de mi infancia en mi ciudad natal, Junín.

Acá en La Plata -donde vivo actualmente- conocí varios almaceneros porque viví en casi una decena de casas… esto es realmente extraño siendo que de pequeño imaginaba la mudanza como una de las mayores desgracias que podría sufrir el ser humano.

Sea como fuere, no recuerdo un almacenero en La Plata que me cayera demasiado bien, realmente… yo siento que siempre están fingiendo cordialidad porque alguien les dijo (o lo leyeron en algún artículo de cuarta) que deberían resaltar ese valor (el de la cordialidad, calidez, amabilidad) frente a las grandes cadenas de supermercado como por ejemplo WallMart, que son todo lo contrario: grandes espacios donde reina una luz demasiado fuerte y fría, donde el anonimato es la regla. Así, supongo que ellos suponen que fingiendo amabilidad, incluso amistad, podrán obtener más clientes en su dura e injusta competencia contra los grandes capitalistas.

Si me preguntan, estoy de su lado, claro, como también del lado de los trabajadores oprimidos en los grandes, medianos y pequeños comercios, pero me resulta incómodo que los almaceneros finjan amistad.

Prefiero el almacenero poco histérico (en el sentido psicoanalítico), el que pone cara de culo si está en un mal día, el que si ni te saluda es porque no le importás… o el que te saluda con calidez porque realmente le interesás en algo, en fin, el sincero.

No es el caso de mi vecino almacenero Pepe, a quien le cambié el nombre por terror a que leyera este texto del BLOG… es decir, comencé a llamarlo Pepe en lugar de XXXXX, su verdadero nombre, cosa que él recibió primero con asombro, pero luego otros clientes del barrio me imitaron y lo llamaron Pepe, cosa a la cual él accedió prontamente porque pensó que el cliente siempre tiene la razón, y que -supongo- Pepe no es un mal nombre. Acostumbrado a acomodarse a todas las situaciones, Pepe, que en realidad no se llama así -espero que esto se haya entendido-, prosiguió con su lógica con total coherencia.

Un día pensé que sería bueno que él adoptara su nuevo nombre para con todo el mundo… familia, amigos, autoridades, etc., así que fuimos junto con unos vecinos amigos al Registro de las Personas (ubicado en calle 60 y 1) para solicitar el cambio de nombre, pero nos dijeron algo que sólo puede ser producto de la locura burocrática: que sólo XXXXX podría hacerlo y en persona.

No me quiero extender más en este asunto del nombre, era algo verdaderamente secundario en el relato, y más que nada lo introduje porque sé que “Pepe” se aburriría y no llegaría a leer estas líneas, donde comienza lo importante.

En realidad el texto trata sobre una especie de elogio, pero supongo que a Pepe no le gustaría saber lo que opino acerca de sus formas de amistad fingida. Lo que quiero elogiar de él es su “simplicidad ideológica”, y les diré por qué… supongo que vive relativamente feliz dentro del clima de “pan y circo”. Por otro lado, sobre el final del relato existe un elogio aún mayor que llega a conmoverme.

Este clima de “pan y circo” es el que nos envuelve a la mayoría de las personas durante la mayor parte del tiempo, sin ello, viviríamos continuas revoluciones políticas, filosóficas, y vaya a saber uno qué clase de trastornos sociales. En general la gente tiene qué comer y con qué divertirse, tiene educación, salud y trabajo (en gran medida), y así cumple con su cotidianeidad casi sin quejas, al menos sin quejas masivas o movilizantes.

Sólo en los momentos en que un grupo de trabajadores es arrebatado del clima de pan y circo por un político idiota que viola su dignidad, como por ejemplo Mauricio Macri, o por algún empresario que sigue la lógica del mercado libre al pie de la letra y debe rebajar sueldos, empeorar las condiciones laborales, despedir empleados, etc. para obtener mayores beneficios y/o pagar deudas, sólo en esos momentos en los que los políticos y/o empresarios atentan directamente contra las condiciones de vida de los trabajadores estos inician pequeñas o grandes revueltas que pueden terminar en principios de revoluciones, tal como sucediera incontables veces en nuestro país (basta con recordar el 19 y 20 de diciembre de 2001).

Dicho todo esto, que para muchos de mis conocidos es obvio y para otros es un disparate, les diré que envidio a quienes pueden vivir inconscientemente dentro del clima de pan y circo, dado que es algo que conocí hasta que tuve acceso a la educación universitaria o a determinados autores. Conocí y viví en ese clima de feliz despreocupación (nótese esta palabra, ¡qué relajante!), de irresponsabilidad social inconsciente, de falta de compromiso, de resignación sobre el futuro de la sociedad (el país, el continente, el mundo, el universo)… creo que algunos viven mejor suponiendo que nada va a cambiar y que todo está tan bien como podría estar, sin mover un dedo para mejorar las condiciones de vida generales de la sociedad.

El ambiente universitario de La Plata (y de otras ciudades del país) es lo inverso: el pan y circo tiene que luchar mucho para llegar al espíritu de los estudiantes adolescentes e idealistas, a los profesores sabios, revolucionarios, conscientes… y esto supone también no poder volver a mirar nunca más la pobreza sin sentir que podrías hacer algo, supone que cuando ves en la calle o en la televisión algo injusto estarás pensando en qué se podría modificar para que no vuelva a repetirse, que cuando veas a luchadores populares traicionando las causas históricas por las que han muerto y sufrido tantas personas te dará rabia, te dejará pensativo y triste, te hará preguntarte cómo alguien bueno puede traicionar los ideales más nobles… ¿por cobardía, por cansancio, por qué?

Gracias, Pepe

En todas estas cosas y más estaba pensando yo aquel día cuando entré en el almacén de Pepe… crucé la avenida 122 directo al local que queda en Berisso (algo que siempre me llamó la atención… yo vivo en La Plata, pero si cruzo la concurrida avenida 122 paso a estar en otra ciudad, sólo con caminar 15 metros).

Estaba realmente preocupado por el futuro informático, por el software libre, por la libertad de expresión en Internet, por el futuro ecológico del planeta, por si nuestra sociedad podría sobrevivir a las catástrofes climáticas que día a día se incrementan en cantidad y violencia… cuando Pepe me recibió con su sonrisa fingida (que de tanto fingir debemos aceptar que ya ha obtenido un diploma de autenticidad), su palabra con tono “canchero” (de alguien que conoce la calle), e incluso me saludó a pesar de que estaba atendiendo a otros vecinos (porque así piensa que te quedarás si el negocio está muy lleno y no te irás al supermercado de la esquina o al que queda a media cuadra de acá, dado que él ya te vio y ha establecido una especie de relación de compromiso momentáneo), y lo esperé. Recuerdo que me dijo: “Marquitos, ¿cómo andás?”, y rió brevemente de un modo muy personal, una risa fingida cuyo sonido podemos replicar si tratamos de reír tomando aire y poniendo cara de tontos.

Esperé pacientemente -a pesar de mi tradicional ansiedad- a que terminara de atender a unas señoras, al fin le pedí no recuerdo qué cosa… luego de lo cual me sorprendió: él sabía que yo iría a Junín a visitar a mi familia y a conocer a mi recién nacido sobrino.

“Marcos, te tengo que pedir un favor”

Quedé completamente descolocado: Pepe nunca me había pedido nada de nada, ni la hora… salvo aquella vez en que me dijo que la vecina prefería que yo pusiera las bolsas de basura en otra cesta, pero salvo esa vez, nunca más me había pedido absolutamente nada. Además, era la primera vez en que parecía hablarme con sinceridad.

“¿Salís para Junín, che?”

Le dije que sí, que iría unos días para allá a conocer a mi recién nacido sobrinito, Piero, y estar con amigos y esas cosas. No recuerdo sus palabras exactas, pero en definitiva se puso extrañamente serio y me solicitó (en un clima de suspenso enrarecido, como si fuera a decir algo que en parte le daba vergüenza, y en parte lo llenaba de orgullo, algo contradictorio) si yo podía traerle de vuelta un banderín de Sarmiento de Junín (el club de fútbol más importante de la ciudad, que alguna vez jugó en primera división). Lo dijo en definitiva con un tono que denotaba una extraña urgencia y seriedad.

Ahí es donde caí como por un tobogán acuático al mundo del pan y circo, fue como una colorida puerta hacia otra dimensión, una dimensión conocida pero difícil de abordar por mi parte. Entre perplejo y feliz, le dije que sí, que traería ese banderín de vuelta (aunque al principio me pareció algo idiota de mi parte), que suponía que alguien en la ciudad vendería tales cosas aún (de chico recuerdo que había un montón de artículos de Sarmiento: banderas, gorras, remeras, de todo, pero hacía más de una década que no veía nada porque no me interesaba). Me dijo que después me lo pagaba y yo le dije que no había problemas… cuando salía del negocio recordó que había otros clubes de fútbol en la ciudad, y me solicitó que si yo podía conseguir otro banderín más, se lo trajera. Le pregunté qué hacía con los banderines, y me comentó que en su casa tenía un cuarto cuyas paredes estaban saturadas de estas telas de todos los colores, que los coleccionaba con su hijo, y que tenía ejemplares del país entero.

Esa descripción de él con el hijo en un cuarto repleto de banderines de todos los equipos de fútbol del país me pareció muy hermosa (además por primera vez pude observar verdadera calidez en él), y si bien la acción de coleccionar banderines la consideraba algo sin sentido, justamente esa falta de sentido, o en todo caso esa propiedad ridícula y nulamente práctica de su actividad llenó mi ser de una felicidad sorpresiva… pensé algo así como “se puede ser feliz haciendo boludeces”.

Recuerdo que salí del local como si alguien me hubiera encomendado una misión sagrada, como si ir a mi ciudad natal no fuera importante porque vería a Piero, que apenas tenía unos días de vida, sino porque debía conseguir ese pedazo de tela verde con el escudo del Club Atlético Sarmiento de Junín.

A Pepe poco le importaba si el gobierno actual lograría o no industrializar el país (y qué consecuencias tendría eso), si la izquierda ganaría simpatía entre los sectores trabajadores (cosa que fue desmentida en las elecciones pasadas), poco le importaba si el software libre terminaría reemplazando al software privativo, si los deshielos se intensificarían dramáticamente, si se implantarían formas de energía renovables de modo masivo algún día… a él le importaba -entre muchas otras cosas cotidianas del clima “pan y circo”- que yo sumara un banderín más a su brillante colección.

Aquellos días en Junín recuerdo que fueron emocionantes, sobre todo porque conocí al fin a mi primer sobrino y porque sus padres, Mariano y Mercedes, estaban muy bien al igual que él: me pareció un bebé muy fuerte.

Gracias a mis padres ubicamos un kiosko en el cual se vendían ese tipo de cosas, cerca de casa. Pasado el fin de semana regresé a La Plata con el tesoro en el bolso y se lo entregué ese mismo día, fueron apenas 7 pesos, cumplí con la “absurda” misión.

Ya pasaron unos meses: recién ahora pude entender un poco más por qué Pepe colecciona banderines de todos los clubes del país, creo que lo hace para darse una idea de lo grande que es su tierra, al mismo tiempo pienso que elabora una especie de mapa de pan y circo que comparte con su hijo… imagino que en las paredes de aquel cuarto uno puede sentir el rugir de las hinchadas de fútbol de todas las provincias y ciudades, de todos los barrios, el olor a choripán, escuchar un relator emocionado, los bombos, las puteadas al referí, revivir el olor del cemento de los escalones de la popular, del césped mojado, de las garrapiñadas, las gaseosas, todo eso que es el fútbol argentino, pero flotando en una pieza de un “simple” almacenero de barrio.

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