La felicidad no estaba en comprar la mejor manteca

Bueno, con ese título ya muchos deben estar subestimándome, al menos. Pero he de decir que: “La felicidad no estaba en comprar la mejor manteca”, y lo podría repetir varias veces, sin por eso convencerme más, pero logrando una rítmica casi de “jingle publicitario contracultural”.

Hoy fui al “supermercado” de la esquina (a pocas cuadras hay gente viviendo en condiciones de “villa miseria”), para comprar las cosas que venían faltando en la heladera, contaba con algo de dinero de sobra… una idea tierna, inocente, cándida vino a mi mente: quizá comprando lo mismo de siempre, pero de mejor marca/calidad, yo podría disfrutar un poco más de ciertos placeres cotidianos: “quizá podría ser más feliz”.

Lo cierto es que pasaron las horas, estoy en mi casa con planes de irme a dormir, y la manteca de la mejor calidad quedó en la heladera: no me atrae. La vi en las góndolas de los supermercados por años, y no la compré porque me parecía un robo su precio: una falta de respeto a gran parte de la población trabajadora.

Tampoco el mejor Budín “Premium” sabe más rico que el budín que cuesta tres veces menos. Este budín premium no está mal, pero no sé si es más rico, ya me había acostumbrado al más barato y “volveré a las fuentes”.

Durante los peores momentos de la crisis económica argentina del 2001-2002, comimos con mi ex compañera/novia/mujer milanesas de soja muy a menudo, porque eran baratas y las hacíamos nosotros. Luego -además de hartarnos- comprendimos que estábamos ahorrando en algo que no convenía ahorrar, y que podíamos alimentarnos mejor: y lo hicimos.

En esos tiempos, fui vendedor ambulante de comida casera (la preparábamos nosotros mismos), una tarea que era un tanto frustrante: pasar por las dependencias estatales administrativas, por las oficinas, ofreciendo nuestra comida… pero también reconozco que tenía la dignidad de un trabajo honesto, que lo hacíamos con esfuerzo y con cierto orgullo, y que nadie estaba robando nuestro tiempo ni obligándonos a nada que nosotros no aceptáramos de común acuerdo.

Luego vinieron años mejores, en los cuales me decidí a volcarme a las cosas que me gustaban, y para las cuales me había preparado durante muchos años: la música y la computación. Y en eso estoy, y estoy bien, realmente.

Una pregunta sencilla

Leyendo el libro “Frontera” del médico argentino Mario Tomasini, me encontré con un capítulo que me atrajo especialmente, y me dejó pensando en una idea especial durante varios momentos, A-VIII “Del Japón a Avellaneda. La autoridad y los elefantes. Una pregunta sencilla”

Con una claridad y simpleza admirables, Mario escribe sobre el final de ese capítulo: “Qué querés ser cuando seas grande?

A la pregunta suele seguir un listado de oficios y jerarquías. Difícilmente se oiga: – Quiero ser feliz!

Es una elección simple, probablemente sólo un niño, o un niño grande; puede preferir la felicidad a un estado particular de definiciones y atributos.”

Traigo este tema de la felicidad y de la búsqueda de la felicidad, porque pareciera que la vida de mucha gente, entre la cual me incluyo, tiene ese norte, ese camino a transitar (incluso hasta la economía política y casi todas las ciencias, artes y religiones parecen perseguir tal fin).

Para cada cual la felicidad es algo distinto, pero casi todos creo que coincidiríamos en que es algo placentero, que nos hace bien, que es “sentirnos bien” (y se podría hacer una larga lista de palabras similares).

Ahora… sucede que… en un punto del camino -y esto ha sido dicho un millón de veces por tanto por respetables filósofos como por “pensadores” o gurúes de dudosa honestidad-, uno suele perder la memoria del instante en que se propuso ser más feliz, o ser feliz, pierde el “por qué”, o directamente se olvida de que quizá el mal momento que está pasando se debe a una búsqueda de la felicidad futura que se propuso alcanzar.

También sé que hay gente que no pretende ser feliz, que se conforma con estar tranquila… o con “no estar tan mal”, o con estar “un poco mejor”.

Para quienes conocieron lo que interpretan como “felicidad”, pienso que es difícil renunciar a su constante búsqueda, tanto sea en los niveles más efímeros, cotidianos, mínimos, rutinarios, como en los niveles más generales del tránsito vital, en los grandes proyectos, en las acciones casi heroicas, en esos momentos que nos proponemos vencer nuestras limitaciones y dar un paso grande hacia adelante…

El espanto de un show “feliz”

Hoy domingo, mientras cenaba una tortilla de papas que cociné con bastante cariño (y por cierto me brindó un momento feliz, siendo que incluso fue acompañada por trocitos de manteca de mediana calidad), vi por canal 7, el canal de TV oficial de Argentina, el “show de las estrellas de la NBA” (un importante juego de basquetball que se realiza todos los años en EEUU).

La apertura incluía un decadente número con un cantante hyperoperado estéticamente (tendría más de 60 años de edad, calculo), al punto en que me produjo cierto “horror existencial”: ver un pedazo de plástico cantar, sería más adecuado a una película futurista de los años 80… me daba la idea de un robot, e incluso sospeché que no cantaba realmente, sino que sonaba una canción grabada en estudio… lo cual no pude comprobar… pero todo el clima era de “show de marionetas”, algo que con un poco más de exageración hubiera pertenecido a una película de Tim Burton.

Pero no era un robot: se trataba de un ser humano que había sido deformado estéticamente por -seguramente- un grupo de cirujanos estéticos… habían borrado de su rostro algunas huellas del tiempo (no todas, eso sería más antiestético aún), y me pregunto: ¿habrán borrado de ese rostro las arrugas que cosechan los sabios? ¿dónde quedaron marcadas las alegrías, las risas desenfrenadas que crean arrugas, las ojeras, la tristeza, el enojo, y tantas otras emociones humanas? En su rostro, no: sí en su cerebro y en su espíritu.

Cualquier ser humano normal gana experiencia con el tiempo, en ese sentido, todos somos más sabios a medida que el tiempo simplemente hace lo suyo: ¿por qué borrar las arrugas y “pintar” en el rostro una especie de sonrisa de facto? La felicidad de facto, como mera exteriorización propagandística de una fantasía: una sonrisa dibujada, como la de un payaso, unos ojos aparentemente jóvenes, que no reflejan ya las experiencias -buenas o malas, sanas o traumáticas- que ha vivido este cantante, una expresión de plenitud plástica. La felicidad real que había vivido ese rostro, había dado paso a una nueva imagen de “felicidad” entre comillas ¿o no?. No creo que una cirugía estética de ese tipo impida ser feliz a alguien, por el contrario, para estas personas parece ser a la inversa.

“Felicidad de facto”, careta

Pero su rostro estirado mostraba una “Felicidad de facto”, ¿mera careta? Peor aún, las caretas se solían utilizar en ciertos carnavales de hace varios siglos, en Europa, para no ser reconocidos y poder besarse y/o “hacer el amor” con cualquier persona del pueblo. Supongo que algunos encontraban cierta felicidad en eso, al menos los curas, que -como el resto- tenían permitido durante cinco días hacer casi cualquier cosa.

Vuelvo: un show decadente en Las Vegas, EEUU, decorado con bailarinas con horribles plumas de un suave color verde pálido, interpretado posteriormente por los mejores basquetbolistas del mundo, que fueron seguidos por mis ojos tratando de encontrar en sus expresiones ciertos gestos de felicidad: millonarios infelices, muchos de ellos (hay quienes dicen que la idea del millonario infeliz es algo que nos quieren vender los millonarios para que ninguno de nosotros aspiremos a mejorar nuestras condiciones materiales, pero yo no creo en eso). Vi expresiones de felicidad, suficientes para convencerme de que ellos en el juego encontraban cierta plenitud: eso de algún modo calmó mi escepticismo, pero quedé intranquilo, al seguir percibiendo un clima de show de marionetas.

La felicidad sólo como una esperanza

Albert Camus explica en “El hombre rebelde” algo así como que los militantes políticos comunistas suelen postergar el vivir felizmente (o ciertos placeres importantes de la vida) para los tiempos en que la revolución socialista mundial que ellos proponen se haya consumado.

De algún modo, este tipo de activistas, o esta ideología, propone al ser humano alcanzar la felicidad, la comprensión casi absoluta, el entendimiento con el otro, la hermandad, el comienzo de la historia (piensan que vivimos en la prehistoria), el fin de los tiempos… más adelante, en un futuro prometido, una tierra prometida… y en el medio de todo ese camino mesiánico (que no hay que despreciar, para nada, hay que pensarlo), suelen olvidarse de ser felices, en el hoy, en el presente, ahora.

El problema no sería grave, si no fuera porque la misma exigencia de esperar a una tierra prometida para alcanzar la felicidad es impuesta a las masas populares de trabajadores, obreros, campesinos, pequeños capitalistas, etc.

Por otro lado, yo no puedo afirmar que otro tipo de activistas y de ideologías que no proponen tanto la felicidad como meta futura, sino como realidad capaz de ser vivida hoy y mañana, sean realmente felices: aún no conozco a ninguno de ellos. Pero hace 2 años vi un informe en canal 7 sobre la Asociación Gaia: www.gaia.org.ar

Ellos están construyendo su propia sociedad con una idea nueva, la de las EcoVillas, con pensamientos propios basados en la observación de la naturaleza, en el uso racional de lo mejor que ha dado la tecnología moderna, en el pensamiento intuitivo como herramienta accesoria importante. No posponen la felicidad para un día en el cual el mundo entero podría estar lleno de EcoVillas, dicen que la viven hoy, mientras construyen con esfuerzo una realidad aparentemente mejor.

En otro momento seguiré con este tema, por lo pronto, al menos sé dónde no estaba la felicidad para mí, y “La felicidad no estaba en comprar la mejor manteca”, gracias por leer mis palabras.

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2 pensamientos en “La felicidad no estaba en comprar la mejor manteca”

  1. yyyy … sip … mejor manteca no te hará más feliz, ni hace más felices a los que gustan de tirarla al techo … pero eso ya lo sabíamos 🙂

    por cierto, algunas veces, mi respuesta a aquella “pregunta” era algo al estilo … “quiero una familia feliz” 🙂

    chaucito y abrazotes desde san juan 😉

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